Esta mañana, en un banco de la plaza, estaba sentado un albañil comiéndose un enorme bocadillo. A su lado había un perro, un chuchillo que lo miraba anhelante, casi con la lengua fuera, meneando el rabito. Al cabo de mucho, pero mucho rato, el hombre cortó un minúsculo trozo de pan, se lo echó (lejos) y murmuró, lo bastante alto para que yo pudiera oírlo:
-¡Toma, anda, y vas que chutas!
Me ha dejado pensativa. De pronto sentí una gran identificación con el perrito: durante años, y más años, yo he sido como ese perro, he estado esperando, anhelante, unas migajas de amor, y aunque sólo me daban esas migajas cada mucho tiempo, yo con eso me conformaba, y esa limosna que él me dispensaba como el rey a su mendiga me bastaba para seguir soñando y aferrándome a mi engaño, hasta la próxima.
¿Seré masoquista? Yo creo que no: sólo una tonta. No me gusta sufrir, la prueba está en que, llegado el momento, renuncié a seguir mendigando su amor y dediqué mi cariño a mi niña, que me devolvía ese cariño con creces. La prueba de que era una tonta está en que, para librarme de esa cadena, tuvo que ser él quien se enamorara de otra. Aun así, no se iba: chico listo. A los hombres, al parecer, hay que echarlos a patadas, porque te putean pero no se van. Al fin, sí, tuve que echarle, cuando ya había sufrido tanto que me quedé en los huesos.
Pero a pesar de que él tenía "otra novia" (sic) de alguna manera se las arregló para que me sintiera culpable. Yo siempre me siento culpable de algo, lo confieso. Y después de ¡veintitrés! años de desaires y de decirme "no es bueno querer tanto", "no hay que demostrar tanto el amor", o de dejar de hablarme durante semanas, o de decir "ufffff..." cuando yo intentaba dialogar con él, consiguió que yo creyera que él también había sufrido mucho cuando por fin le hice caso y dejé de luchar para que fuéramos una pareja normal. Ahora comprendo que es muy cierto ese feo refrán de "cuanto más te agachas... ", pero en aquel entonces asumí toda mi culpa, y eso va en la poesía que voy a transcribir hoy aquí, in memoriam de un amor que fue locura (para mí) casi un cuarto de siglo cuando debió haber sido una aventura de dos meses.
Todas las entradas que etiqueto con "mi primavera de desamor" son poemas escritos en aquella época larga y penosa, desde que la duda acechó en mí (él besaba de otra manera, ¿sabéis? pero tuve que escucharle hablar por teléfono para realmente empezar a sospechar, tonta crédula). Hubo un tiempo de sospechas y dolor, un tiempo de certeza y culpabilidad, y, por fin, un tiempo de abrir las manos y dejar que volara lejos.
Ésta, "Ya sé...", es del segundo tiempo, mi admisión de culpa. He explicado todo esto antes porque, si no, creo que sería difícil que nadie la entendiera.
YA SÉ...
Sé que la culpa ha sido también mía.
¡Cuántos errores cometimos, cuántos!
Yo no pensé que tú también sufrías
otros días, otros meses, otros años.
Yo te quería; te alejabas tú.
Tú me amabas y no me lo decías.
¡Qué cruel juego del gato y el ratón!
Y, mientras tanto, nos pasó la vida...
Ahora que ya te vas, te lo pregunto.
Ahora que me abandonas a mi suerte
por fin el corazón queda desnudo
y siento desgarrarme al comprenderte.
¡Qué cadena de errores enlazada!
¡Qué orgullo y qué vergüenza incongruentes!
Yo lloraba por ti, sola en mi cama,
y tú, solo también, callabas siempre.
Por eso, hoy que te vas, ya no me callo.
Es tarde, ya lo sé, pero no importa.
Murieron sin nacer tantos "te amo"
que están llenas de ellos mi alma y mi boca.
Te quiero, y tú te vas, pero te quiero.
Te quiero y te querré, y hasta la muerte,
como en una condena del infierno
diré "te quiero" y moriré por verte.
Antes de que te vayas, quiero darte
cada beso de amor, cada caricia.
Todo lo que en mi soledad no pude amarte
y así, al tú irte, quedaré vacía.
Ha sido todo en nuestro amor locura.
¿Por qué, entonces, tenemos que extrañarnos?
Un amor como el nuestro, necesita
para decir adiós, morir amando...
Jana