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domingo, 13 de noviembre de 2011

   Hacía tiempo que no me reía así, con esa risa floja que te hace brotar lágrimas y que no te deja ni acabar de decir lo que intentas. Casi siempre que me río así estoy con Anais. Antes -cuando vivíamos las dos solas- era mucho más frecuente. Y no es que ahora no esté bien, pero la despreocupación de aquellos años, a pesar de los problemas -y llegaron a ser muchos y graves- parece que se ha perdido.
   Y fue hablando de mi padre. Anais y H., su pareja, vinieron un ratito el sábado por la tarde; ella estaba agotada de la semana de trabajo, de tardes y echando casi una hora de más cada día, así que al llegar a la que siempre será SU CASA, se duchó con agua bien calentita, se puso mi albornoz y nos tiramos en el sofá, como en los viejos tiempos.
   Primero recordamos un chiste viejo, más gracioso para nosotras precisamente por conocido. Y luego, no recuerdo por qué, empezamos a hablar de Vega. A mi padre ella no le decía "abuelo", sino Vega, desde siempre, y cuando hablo con ella de él, yo también le llamo así.
   Empezamos por las equivocaciones que el pobre cometía por nuestra culpa: como hablamos, quizá, demasiado deprisa entre nosotras, él se liaba y luego nos reíamos los tres de aquellos errores. Cuando a nosotras nos dio la locura de ver capítulos y más capítulos de Ally McBeal, Vega no llegaba a entender del todo nuestras palabras, y un día, un poco cabreado y muy intrigado, nos soltó:
   -Niña, yo no sé cómo os puede gustar tanto una cosa con un título tan desagradable, de animales viles.
   ¡Creía que "Ally McBeal" era "Animal Vil"! Claro, se lo explicamos y tuvimos cachondeo para rato.
   O cuando nos cruzábamos en la calle con un muchacho -bueno, mayorcito ya, de mi edad- y le saludábamos. Vega nos preguntaba:
  -¿Quién es?
   Y nosotras, a la vez:
   -El padre "e" Damián.
   Hasta que un día me dijo:
   -Niña, y ese muchacho ¿es todavía cura o es que lo ha dejado?
   -¿Quién?
   -¡Ése: el padre Damián! Porque yo he estado por pedirle que me confiese, pero por si lo ha dejado... -mi padre, como anarquista recalcitrante, se reía bastante de esas cosas, aunque siempre sin maldad.
   -¡Papá, que es el padre de Damián, del amigo de la niña! -conseguí aclarar entre risas, porque todo nos hacía reír cuando estábamos juntas.
   Así contado... ya sé, no tiene gracia, sólo son anécdotas. Pero nosotras, ayer, recordándolo, ya íbamos riendo más y más. Hasta que llegamos al queso. El queso ya fue lo que nos dejó flojas y con las lágrimas de la risa corriendo por nuestras mejillas.
    Mi padre, con los años, había ido perdiendo peso a pesar de que no estaba enfermo, ni siquiera anémico. Se quedó en 48 kilos, y últimamente iba encorvadito porque no veía bien y no quería usar bastón, así que bajaba la cabeza para ver mejor el suelo. Tuvo que caerse varias veces -gracias a Dios, no se rompía nada, pero se hería- para consentir en usarlo, y siempre que podía lo dejaba olvidado en cualquier sitio. Lo curioso es que, cuando estaba fuerte y erguido, tenía varios bastones de diferentes modelos y le encantaba llevarlos siempre, pero cuando le hicieron verdadera falta ya no los quería ni ver.
   Pues, como estaba tan delgado, una de mis primas, médico (tengo un montón de primos médicos, enfermeros, matronas... les dio por ahí) me aconsejó que le diera queso a diario, para que tomara muchas calorías en poca cantidad. Así que yo se lo compraba y me encargaba de cortárselo, al peso, tantos gramos en cada comida, tres veces al día... Se lo envolvía por separado y se lo ponía en la nevera.
   Algunas veces, me comentaba:
   -Hoy me he comido todo el queso a media mañana, porque me cansa eso de tener que comerlo por obligación con cada comida.
   -Bueno, papi, el caso es que te comas la ración diaria, tú distribúyelo como prefieras -le decía yo.
   Hasta que una tarde llegó, contento pero a la vez  cabreado:
   -Mira, niña -siempre me decía "niña"-, aquí tienes el papel de la farmacia, ya me he pesado.
   -A ver... ¡qué bien, papi, has engordado más de un kilo en una semana!
   -Ya lo sé, niña, pero, mira, te voy a decir una cosa: ¡yo no puedo comer tanto queso!
   -Pero ¡si no es tanto! ¡Ojalá lo pudiera comer yo, con lo que me gusta! -soy un ratón, pero el queso engorda mucho así que casi no lo como más que en Nochebuena.
   -¿Que no es tanto? ¡Pero si hasta me dolía la boca de masticar!
   -Pero, papá, ¿cuánto queso te has comido?
   -Pues ¡el del día! ¡El que me dejaste ayer en la nevera!  
   ¡Y "ayer" le había dejado preparado el queso para toda la semana! ¡Se había comido casi un kilo de queso, el muy salvaje, y sólo "se le había cansado la boca"! ¡Ni siquiera le molestó el estómago!
   ¿Comprendéis por qué nos reíamos tanto Anais y yo? 



   Sí, la anécdota de "el queso de Vega" quedó para la posteridad. Inolvidable. Veo un queso, y lo recuerdo. Como en Semana Santa, cuando hago torrijas (me gusta hacerlas como una tradición, aunque apenas si me como un par de ellas, siempre por lo de que si engordan, blablablá..., pero es que me parece muy bonito tener tradiciones familiares), siempre me río recordando cuando se comió toda la cacerola de torrijas en la noche del Jueves Santo, en cuanto se quedó solo. O cuando escondía mantecados en todos los bolsillos, porque yo no quería que se diera un atracón y se pusiera malo. Era un hombre maravilloso, era el Poeta de la Paz, pero también era una persona real, divertida, cabezona, bromista, ¡adorable!, y siempre vivirá en nuestro recuerdo y reiremos al recordarlo y así sentimos como si aún estuviera entre nosotros...
   El sábado pasamos, con Vega, una tarde magnífica...



 

martes, 31 de mayo de 2011

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MI PADRE, EL POETA DE LA PAZ

 Llevo toda la mañana escribiendo en tu blog; atrás han quedado las depresiones de la semana pasada. Es lo que tú me decías: el trabajo es lo que nos da la felicidad. Y sé que hoy hace tres años que te fuiste, pero ¡me siento tan cerca de ti, papá! Cuando pensé en copiar tus poemas en un blog creí que lo hacía por ti, pero, no: lo has hecho tú por mí, como tantas cosas has hecho siempre. La primera vez que gané un premio de poesía -el segundo premio Ciudad de Córdoba Juvenil- fuiste tú el que, sin decírmelo (sabías que a mí eso de los premios no me gustaba, por mi eterno miedo al fracaso) envió las poesías mías que mejor te parecieron; probablemente no las que hubiera elegido yo, pero, bueno, ¡a los hechos me remito!: me dieron un premio y un dinerillo -veinte mil pesetas del año 82- que me sirvieron para comprarme una máquina de fotos con flash, ¡mi ilusión de los quince años!, y para pensar: "anda, a lo mejor no soy tan mala poetisa". Años después, mi novela tan querida, aquella que escribí para la niña, con ella de protagonista, y su amiga Sandra, y Sonia, mi sobrina, y Villafranca de Córdoba, y una profesora que no existe y a la que yo "veía" tan clara como veo las flores desde mi ventana, Su mirada azul escondía un misterio -ahora el título me parece de lo más novela rosa, cuando era una sencilla novela para chicos- también ganó un primer premio, y también fuiste tú el que la envió sin decirme una palabra.
   Y no llegaste a verla publicada... ¡qué dolor siento cada vez que pienso en eso! Me lo decías:  "me voy a morir sin verla". Y yo: "que no, papá, que me han mandado ya hasta la portada para que la apruebe...". Pero tuviste razón. Es más: ¡cuántas veces he pensado si no fuiste tú, desde esa otra orilla, el que hizo que por fin las cosas avanzaran aprisa para que mi sueño de ver publicada mi novelita se cumpliera! Porque no había pasado un mes de tu muerte cuando me llamó Eladio Osuna para decirme que ya, seguro, saldría en Navidad. ¡Y así fue: el día antes de Nochebuena la tuve en mis manos! Y yo pensaba -y pienso-: ¿habrá sido el regalo de Navidad de mi papi? Y Anais también lo pensaba. Y ¿por qué no? ¡Si tú lo conseguías todo, si tú tenías fe siempre en los milagros! ¡Si, cuando yo era chica, me asegurabas que era íntimo amigo de Melchor, y todavía lo creo!
   Hoy, papaíto, mi papi, te siento cerca de mí. A veces una lágrima humedece mis ojos, pero no es tristeza, no te preocupes. Sé que estáis juntos, que es lo que tú querías; lo que pasa es que os añoro mucho. Espero que en el cielo, en esa orilla en la que estáis, haya lugares en los que reunirse tranquilamente, en torno a una mesa, con  una copita de tu vino preferido, o tal vez alguna tarea que hacer, como doblar calcetines o pelar guisantes, algo que nos mantenga las manos ocupadas y la lengua suelta, para charlar los tres, y reír, y contarnos cosillas del día a día, o recordar anécdotas. Ay, espero que volvamos a tener nuestras tertulias que entonces parecían cosa corriente, que no apreciábamos (¿o sí?) en lo que valían.
   Voy a seguir pensando en ti, en vosotros, sin extenderme más en este blog. Podría escribir eternamente pero quizá sea mejor parar ya, y buscar alguna imagen que poner, y un poema tuyo para mí, papá, de esos que siempre me hacían llorar y no quería leerlo, y lo leía al final porque me encantaba, y lloraba, y...
   Va por ti, papi.


EL MINUTO PERDIDO

Desde la cumbre remota del pasado
-(cuando sus ojos de todo se asombraban)-,
cuando la luz y la sombra todavía
eran un extraño enigma para su alma,
he venido recorriendo un camino
hecho de recios peldaños de añoranzas.

He cortado de los árboles del recuerdo
-(¡ay, aquellos viejos árboles, ya sin ramas,
que casi no tienen troncos ya, ni sombras
para el menguado cobijo de mi charla!)-
he cortado un ramillete de ilusiones
para hundirlo poco a poco en la Nada.

He cogido entre mis manos un minuto
-(uno de aquellos minutos de su infancia,
donde el cándido poema de la risa
era sueño y emoción en el alma)-
y entre mis manos se queda, melancólico
y triste, como una cosa olvidada...

¡Ay, aquel viejo minuto que se pierde!
¡Aquellas inolvidables madrugadas
en que sus brujos ojitos nos decían
(graves, callandito y casi sin palabras):
-"¿Me dejáis que me acueste con vosotros...?"-
tendiéndonos sus bracitos de albahaca...!

¡Aquel minuto flotando para siempre
en horas de renuncias y añoranzas!
Cuando eran nuestras sus risas. ¡Siempre nuestras
sus diabluras, sus gracias! ¡Sus miradas...!
Cuando todo su mundo era nuestro mundo.
¡Nosotros! ¡Nuestras caricias! ¡Y la casa...!

¡Aquel minuto flotando para siempre
-ay, rosa, la bella rosa más rosada-
quién pudiera eternamente retenerla
entre mis antiguas manos desoladas...!
Y sentirla siempre niña. Aunque "niña"...
¡mi niña...! ¡lo será siempre para mi alma!

Cristóbal Vega Álvarez


   Y, ya que de lágrimas está la mañana, ahora voy a transcribir otro de tus poemas que me hicieron llorar desde que lo leí por primera vez, cuando tenía diez años y salió tu libro Por las riberas del Tinto. Y conste que era para llorar, y que cualquier hija que leyera algo así escrito por su padre lloraría y se permitiría reprocharle, gritarle: ¿cómo puedes decir eso, papá?
   Ay, estos poetas...


...AL CORRER DE LOS AÑOS


Cuando el Amor despierte en tu alma, amor;
cuando luzcan en ti las primaveras;
cuando abran las magnolias tempraneras
sus corolas de aroma seductor...


Cuando adquieran un tono soñador
tus ojos de miradas placenteras,
y se pierda en lejanas sementeras
el dulce lirio azul de tu candor...


Cuando no valgan ya estos besos míos
ni nada signifiquen mis ternuras
para tu corazón lleno de bríos...


Guárdame, niña, un ramo de dulzuras
para el triste amargor de mis hastíos
a cambio de estos años de venturas...


Cristóbal Vega Álvarez

   Sí, repito: ¿cómo pudiste decir eso, papá?

   Y ahora voy a poner lo que escribí para ti, cuando te fuiste, aunque lo he puesto ya en tu blog "el poeta de la paz", pero aquél es aquél y éste es éste. Y me apetece copiarlo otra vez.


A MI PADRE

Porque quisiste hallar la blanca estrella
donde habitaba tu perdida amada.
Porque en tus noches perseguías su huella
y al despertar la sombra te cercaba.

Porque en tu soledad sólo anhelabas
continuar el diálogo cerrado.
Porque era su cabeza en tu almohada
un sueño, tan remoto, tan soñado.

Porque tu alma no era ya tu alma; 
porque ella te llamaba, la seguidte.
Porque de lejos, del azul del alba
cortaba rosas para ti, te fuiste.
Volaste hasta alcanzar su mano blanca
por cantarle tu verso, hermoso y triste.

Ana Vega Burgos



jueves, 26 de mayo de 2011

Cristóbal Vega Álvarez, el poeta de la paz

   En este blog podrán leerse los poemas de Cristóbal Vega Álvarez, el de La Libertad Encadenada, el poeta que cantó a la paz y lo metieron preso, y tras las rejas del Penal del Puerto de Santa María siguió cantando a la libertad, sin rencor, predicando el amor y la palabra como únicas armas válidas. He abierto un blog: .cristobalvegaalvarez.blospot.com y poco a poco iré pasando todas las poesías que pueda; es un trabajo muy arduo porque tiene montones de libros publicados, así que el final será ir copiándolas todas, y el blog será infinito... pero sé que hay mucha gente que amaba su poesía y de esta manera podrán volver a reencontrarse con él. Iré avisando a los que pueda para que se pasen por su blog, cuando ya lo lleve un poquito más repleto.
  Es mi gran orgullo ser hija de Vega, y utilizar mi tiempo en dar a conocer al mundo su obra me parece la mejor manera de emplear mis días. ¡Abajo las depresiones y las canciones tristes! ¡Un brindis por los poetas, por la paz, y por la vida!   

miércoles, 9 de marzo de 2011

AGUAFUERTE DEL HOMBRE SIN TRABAJO Cristóbal Vega Álvarez

-Mamá, pan...
La noche era un niño
vestido de lágrimas.
La bolsa del pan
de un clavo,colgada.
La mesa, vacía.
La bolsa sin nada.
-Mamá, pan...
El niño, suplica.
La noche, lloraba.
-Que tengo hambre...
La mesa, vacía.
La bolsa del pan
sin pan, olvidada.
El niño tiene hambre
de pan y esperanzas...
La mesa, vacía.
La madre lloraba...
                                            
                                                      Cristóbal Vega Álvarez

Contacto

Ana Vega Burgos
anavegaburgos,@hotmail.com