Pues sí: lo hice. ¡Lo hicimos, los tres: Anais, H. y yo! El 28 de agosto, hace cuarenta y dos días.
Llevo cuarenta y dos días sin fumar. Ni una calada. Ni una recaída. Ni un cigarro a escondidas y, lo que es todavía mejor, ni tentaciones de ese cigarro a escondidas.
Y, como se lo prometí a Maripili, voy a explicaros cómo lo he conseguido.
Yo era una fumadora tan compulsiva que el cigarro formaba parte de mí, como los ojos o el pelo. No me sentía capaz de estar un rato hablando con alguien sin recurrir al tabaco. Me daba asco del sabor, me sentía mal al echar el humo, así que lo exhalaba de lado, era una obsesión tal que en los últimos años, nada más despertarme ya cogía el primer cigarro y disfrutaba de él ¡en la cama!, y el último, igualmente, me encantaba saborearlo (puaaaaj, pensaba, lo juro) tumbada boca abajo, leyendo un poco antes de apagar la luz, y gozando de esas caladas hasta mañana.
Lo más grave es que mi hija había heredado ese asqueroso vicio de mí, y cuando nos juntábamos ya era cuestión de sentirnos verdaderamente mal, por la cantidad de humo que flotaba sobre nuestras cabezas. Su chico, H., tanto de lo mismo: éramos tres locomotoras. Menos mal que M.P. no fuma demasiado -uno o dos al día, a veces ninguno, según le dé-, así que él no tenía ese problema pero me echaba buenas broncas: "¡siempre fumando, como un indio cabreao!", me decía. Y más rebelde me ponía yo, y menos me apetecía dejar de fumar.
Interiormente, yo sabía que no iba a poder dejarlo. Hace doce años estuve casi dos sin fumar, pero aquella vez introduje una variedad en mi decisión y, de vez en cuando -unas cuatro veces por semana o hasta menos- me fumaba un cigarrillo. Lo compraba suelto y me lo fumaba a escondidas, a solas con mi peque, como un juego. Otras veces me lo fumaba cuando salía los sábados a mediodía con una amiga a tomar algo, que durante ese par de años fueron esas salidas como una institución, claro, porque sabía que implicaban un par de cigarrillos. Lo que quiere decir que, aunque lo llevara súper bien, en el fondo seguía siendo fumadora, y punto.
Recaí cuando mi ex recayó también, normal, habiendo tabaco en casa era dificilíiiiiiisimo. Y cuando volví a intentar dejarlo (no me había parecido tan difícil la primera vez)... pues no pude. Cada lunes, durante un mes de octubre que me dejó marcada por el "no sirves ni para mantener tu palabra", me prometía no fumar, en serio; cada lunes lo sufría, pero fumaba al fin. Hasta que me dije: de acuerdo, he decidido que voy a morir de cáncer de pulmón, lo acepto y a otra cosa. Y seguí fumando alegre, felizmente, pero despreciándome en el fondo por mi falta de voluntad.

Pero la puntilla la ha puesto el subidón de precio. Ya que yo tenía tan asimiladito mi futuro, van y lo suben, pero no un poquito, así como para abrir boca, sino a lo bestia. El paquete de 100 gramos de Star, (tabaco de liar, yo ya del otro había tenido que pasar hace tiempo), que valía 4€, ¡se triplicó! ¡Se dice muy pronto! Cuando dijeron que el tabaco iba a subir, nos aprovisionamos a lo bestia, los peques y yo, 1.200 gramos, hala, que dure.
Y duró... poco más de un mes. Y se acabó. Su fin coincidió, para colmo, con mi reingreso en el paro. Sin trabajar, en casa, con muchas ganas de escribir... y de fumar. Y fumando. Y el tabaco "barato" que se acababa. Y tuve que ir al estanco.
Probé... no sé cuántas marcas. Bueno, no tantas, hacíamos cuentas el estanquero y yo y buscábamos los que estuvieran más baratitos. Pero que, fuera como fuera, iban a ser 9€ cada tres días, y hasta más. Y yo, parada, sin cobrar todavía (me faltan diez días para tener derecho a paro, ahora en la aceituna los buscaré) y sintiéndome cada vez más horrible, mas manipulada por un vicio asqueroso que consiste en chupar de un aburrido tubito blanco y rubio y echar humo, con el consiguiente mal sabor de boca, hedor en los dedos y en el aliento, agobio en la casa, asco del humo frio, pestazo cruel de los ceniceros... todo eran desventajas, todo, y mi depresión aumentaba a marchas forzadas.

Mi solución soñada era la hipnosis.
Solo mediante la hipnosis, pensaba yo, seré capaz de abandonar del todo y para siempre ese horrible vicio que podía más que yo, que era mucho más fuerte y vigoroso que yo.
Mi amigo, mi enemigo.
Mi niña había decidido dejarlo "en septiembre". Desde marzo empezó a decirlo, y parecía tan decidida a cumplirlo que me daba... envidia, supongo, pues yo no me veía capaz en absoluto.
Y mira que lo deseaba.
Luego, viendo la subida de precios, dije: pues en Navidad no tengo más remedio que dejarlo. Es que no hay otra, o eso o no comer, y, verás, que yo no comería, pero dudo de que durara mucho así... Me iba a pasar como al burro del gitano, que cuando ya me acostumbrara a no comer, ¡zas!, al hoyo.
Luego, ya acuciada de verdad por eso de cada tres días en el estanco, más nerviosa, fumando más, gastando más, agobiándome más... me dije: que lo dejo el 1 de octubre.
Después: ¡que lo dejo cuando pase mi cumple.!
Y entonces me llamó Anais y me dijo: mamá, me he descargado un libro,
Es Fácil Dejar De Fumar Si Sabes Cómo
El enlace me lo pasó directamente:Es Fácil Dejar De Fumar Si Sabes Cómo. ¡Yo no quería leerlo todavía, por favor, si era 27 de agosto y faltaban seis días para mi cumpleaños!
Bueno, por echarle un vistazo no pasaba nada. De todas formas, yo sabía que iba a necesitar hipnosis, nada tan sencillo como leer un libro iba a ayudarle a una fumadora obsesiva y compulsiva como era yo.
Me puse a leerlo. Al rato llamó mi gatita:
-Mami, que yo me voy a quitar mañana.
-Pero, bueno, ¿no ibas a dejarlo el día 1?
-Sí, pero he pensado: ¿y para qué esperar? Si me voy a quitar, ¿qué sentido tiene dejarlo más?
Bueno, lo encontré muy lógico, pero para ella. Para mí, desde luego, no. Incluso, mientras leía el libro, pensaba: esto no me vale a mí.
Mientras lees puedes, de hecho, te recomiendan, seguir fumando. Yo lo hacía, y el caso es que tenía pocas ganas, seguramente por la comedura de coco que llevaba durante tantos días ya.
Acabé el libro.
Y de pronto, me dije:
¿Y si lo dejo yo también mañana?
Nadie puede imaginarse el miedo que me invadió. Miedo, esa sensación de caída libre, de que te tiras al vacío y puede que abajo haya agua, o un colchón, o... el duro suelo.
Miedo, ansiedad, falta de respiración... y un rayito tenue, dorado, de esperanza.
¿Y si... y si...?
¡¿Y si lo consigo?!
Así que se lo dije, muy nerviosa, a M.P.: "Mañana voy a dejar de fumar... estoy aterrorizada".
Él me dijo: ¿por qué?, tan tranquilo, y yo pensé: vaya, ¿por qué? ¡Está en mis manos!
Y volví a leerme el libro.
Me quedaba tabaco. Se lo di a M.P. Me quedaban un montón de tubos. Tenia una pitillera nueva, guapísima.
Pero había tomado la decisión. Si lo dejaba "para el lunes", quizá venciera el miedo.
Era una lucha... pero no, no hay que luchar, es cuestión de dejarse llevar, de leer y comprender.
Me daba miedo, sobre todo, pensar: pues sí, yo también puedo.
Llevaba, eso sí, semanas mentalizándome entre el precio, la salud, el mal olor, la sensación que cada vez más tenemos de parias los fumadores...
¿Ventajas de fumar? Leer el capitulo XXI
¿Ventajas de dejarlo? ¡Incontables!

Maripili, descárgate el libro, léelo y piensa que no tienes que dejar de fumar en cuanto acabes el libro, sino que el nmomento lo decides tú. Yo lo dejé al día siguiente.
Y he pasado, después, malos ratos. No tan malos, quizá, pero sí era pensar en el tabaco, tabaco, tabaco. No pensar en lo mucho que lo deseaba, sino qué bien, ya no fumo... fíjate, ahora llevaría ocho o diez cigarros... qué bien, ya no huele la casa... uf, voy a ahorrar un pastón, haré una lista de caprichitos que darme... qué bien, ahora estaría fumando, pero mírame, aquí comiendo pipas... o chicle... o muerta de hambre... y no puedo comer a cualquier hora, que engorda. Pero no fumo.
Y no fumaba. Y, ¿sabéis qué? Pues que, poco a poco, cada vez me acuerdo menos. Ahora solo me acuerdo cuando acabo una tarea larga y fatigosa y quiero pararme ya a descansar, entonces digo "joder, qué bien me vendría un pitillo", y chupo un bolígrafo. Eso va muy bien. También chupo a veces los tubos que me quedaron para hacer tabaco, y es casi -solo casi- igual.
El mono físico fue poquísimo. El mental, más. Tuve que ir al médico para otra cosa y se lo comenté. Me felicitó y me recetó orfidal. Medio por la mañana, medio por la tarde, uno por la noche. Me dormía como un bebé, dormía y dormía, pero no tenía ganas de fumar.
Luego fui reduciendo. Dormía por las tardes, ponía series y las escuchaba, sin abrir los ojos, eso casi duró una semana. Las tardes eran relajantes, al anochecer salíamos a dar un paseo por el puente, andar y comer pipas en un banquito, luego a dormir otra vez.
Después me atacó la inspiración. ¡Escribir, y sin fumar! ¡Y una novela más larga de lo que suelen ser las mías, llegué a las 248 páginas!
Pues, ¡prueba superada! He tenido ansiedad, ¡mucha!, café por un tubo, alguna que otra discusión con Anais, un par de llantinas bien gordas, de esas de "qué desgraciadita soy", he estado en la calle -me pilló mi fiesta favorita, el Guateque, tres días después de haberlo dejado- como una zombie, con mirada extraña y sintiéndome sobrevolando por plazas y calles... pero me voici! ¡Héme aquí, invicta! ¡No he sucumbido, no he vuelto a coger un cigarrillo, y,
HOY, POR LO MENOS, ESTOY SEGURA DE QUE NO FUMARÉ!!!
Dentro de equis días... pues... no sé...
PERO HOY, EL DÍA DE HOY, SEGURO QUE NO
Y aunque parezca idiota, una niñería, simplemente decirme: hoy, no, seguro. Otro día... quién sabe...
me ayuda mucho, pero mucho, porque me da la fuerza que necesito, no para la vida entera, sino para el día en el que vivimos. Con el hoy, en esto, basta.
Y hoy, chicos, ¡no voy a fumar!
Y para acabar os dejo un vídeo de mi Anais con mi gatita Puchi, otra de las cosas que me ha ayudado a superar el mono bastante, porque viéndola jugar ya te partes de risa o te quedas embobada y te olvidas.
Os advierto que recién acabo de descubrir cómo pasar las fotos de mi cámara al ordenador, y que mi cámara hace vídeos... así que lo siento por vosotros, pero os bombardearé de vez en cuando.
Dura poco más de tres minutos, está muy oscuro
y es simplemente mi gatita jugando y yo comentando
por detrás, y Anais, H. y yo, riéndonos.


