Hoy, 4 de abril estoy de batallitas. Últimamente estoy bastante a menudo así: serán, sin duda, los años, que no perdonan. Entre lo de la mano -me hicieron una filtración y ha mejorado un poco pero de vez en cuando me da unos tirones que pa qué- y el estar de nuevo sin trabajo; la lluvia constante, las goteras de las que mejor no hablar, la luz que se corta cada vez que llueve un par de días...
Vaya, en un párrafo me he explayado.
Hoy estoy nostálgica porque es 4 de abril, hoy era el cumpleaños de mi padre.
Cuando vivía con ellos, éramos solo los tres, pero hacíamos ruido. No sé por qué, celebrábamos el cumpleaños de Vega y el santo de mi madre. Yo celebraba mi santo y mi cumpleaños, para eso era la más chica.
Mi madre y yo (o mi padre y yo, según fuera el caso) pasábamos días eligiendo los regalos, escribiéndole una poesía, planeando un menú que le gustara mucho... No se trataba de buscar un plato lujoso, sino, por el contrario, algo que le gustara mucho y que no lo comiera a menudo. Un año le hicimos -bueno, mi madre lo hizo y yo estuve con ella en la cocina dándole charla- potaje de garbanzos con bacalao.
A mí eso, en aquellos tiempos... ¡puaj!, pero era su cumpleaños y lo comí con él haciendo de tripas corazón.
Justo el día anterior, el 3, era el cumpleaños de Pili, mi vecina en Niebla y amiga del alma. Ayer le mandé un mensaje para felicitarla y me contestó que sus niñas -tiene mellizas- le habían hecho una tarta para celebrar el día.
Un recuerdo lleva al otro, entre la lluvia constante, el cielo gris, la tristeza... de pronto te encuentras sonriendo al vacío y viviendo en otro mundo, muy lejano.
Y de lo que me estuve acordando y ahora va aquí en el mejor plan batallita, es de una anécdota que nos ocurrió a mi otra amiga del alma y compañera de pupitre durante años, Margari, y a mí. Estábamos en 5º y en aquella época, los maestros daban "clases particulares" a los niños que las quisieran, a cambio de un pequeño estipendio mensual. Estas clases, en mi colegio, se daban de 12.30 a 13.30, y cuando acababan
empezaba el comedor.
Ni Margari ni yo nos quedábamos a clases particulares, pero sí al comedor, así que esa hora la aprovechábamos para hacer los deberes y estudiar la lección de Naturales, que cada día teníamos que aprender un par de páginas de memoria. Nos sentábamos en un rinconcito del patio del recreo y allí, concienzudamente, hincábamos los codos.
Pues un día se nos ocurrió que sería guay estudiar comiendo algún caramelo. Margari tenía un duro, así que fuimos al puesto de Dolores y compramos caramelos de la vaquita. Estaban buenísimos.
Al día siguiente, el duro lo tenía yo, y lo compartimos, naturalmente, pero esta vez compramos menos caramelos y añadimos un paquete de pipas: 1 peseta.
Fiadas.
Dolores no tuvo inconveniente en fiarnos, porque era la costumbre de mucha gente y porque conocía de sobras a nuestros padres.
Cada semana, teníamos un duro Margari y otro yo. Los otros tres días... pues era muy fácil y cómodo decir "me lo apuntas". Además, era "hoy me lo apuntas a mí", riguroso turno.
Ya a veces nos picaba un poquillo el remordimiento. Cuando nos decía: "¿No vais a pagar algo ya?", nos mirábamos y decidíamos que cuando nos dieran la paga de la semana, la guardaríamos entera para ir bajando la deuda.
Pero llegaba el domingo, íbamos a misa -las niñas de los 70 - y después al kiosco de la Plaza de la Feria, donde había tantísimas cosas... Yo recuerdo estar súper enviciada con las estampitas de Heidi, es que no podía resistirme, y luego, para colmo, salieron como enorme novedad los gusanitos... ¡qué buenísimos!
Así que llegaba el lunes y... bueno... "apúntamelo a mí, Dolores", y Dolores nos miraba de reojo y apuntaba.
Hasta que llegó un día en que se nos exigió el pago de la deuda. Íbamos por 35 pesetas cada una, no lo olvidaré mientras viva. Era un pastón.
¿Qué hacer? Pues... llorar, retorcernos las manos, y no teníamos para pagar. Dios mío, se lo van a decir a nuestros padres. Qué mal. Qué vergüenza. Mis padres, que siempre me decían lo malas que eran las deudas, que vivían como fuera con tal de no firmar letras, que hasta el piso lo pagaron en tres golpes para no tener que hipotecarlo, mi padre le tenía fobia a eso. Y ahora me presentaba yo... con un pedazo de deuda... ¡y de caramelos y pipas, caprichitos innecesarios!
Y los padres de Margari no eran menos, que la madre era una mujer muy dulce, muy tranquila, pero el padre era un rabillo de lagartija, todo nervio, y cuando se ponía serio, acojonaba.
Bueno, esta batallita tiene hasta su moraleja: respecto a Margari no sé, pero yo, a lo largo de mi vida, he dejado muy, muy poco a deber nunca, y eso que fui durante veinte años vendedora ambulante, que tienes que comprar mucho y con poco dinero. Me quemaba cada vez que tenía que comprar a crédito algo de mercancía.
Y respecto a mi vida privada, ahí sí que no he dejado nunca a deber ni una patata, vamos, por el recuerdo, no tanto de la bronca, sino de la vergüenza y el temor que sufrí hasta que saqué valor para confesar. Y más que el castigo -que lo hubo- y la larguísima bronca salpicada de batallitas -especialidad de mi padre-, era la decepción que les provocaba, el haber hecho algo que ellos no hubieran esperado nunca de mí, precisamente por lo muy a rajatabla que llevaban ambos lo de no comprar fiado. Que a mí me parecía un poco exagerado, pero hoy, tal como han ido yendo las cosas, casi diría que ha sido de los mejores legados que podían dejarme, el no sentir tentaciones de vivir por encima de mis posibilidades.
Pues he contado una batallita en toda regla, como se nota que los años pasan, ¿verdad? Y lo más grave es que... puede que cuente más.
.jpg)




