viernes, 12 de julio de 2013


   NOCHE EN EL BOSQUE

Avanzaba casi corriendo; el sonido de sus pasos se multiplicaba en la negrura del bosque. La luna se ocultó entre gruesos nubarrones, y la oscuridad la cercó, asfixiante.
Un chasquido bajo sus pies la hizo girar bruscamente. No parecía el crujir de una rama, más bien sintió como si pisara sobre... huesos, pequeños y resecos huesecillos.
Jadeando, se detuvo. Sus piernas temblaban. Escudriñó la impenetrable noche; alrededor sólo distinguía altas siluetas, árboles añosos, sombras irreconocibles.
Avanzó más despacio; a su lado, algo se movió sigilosamente, a la vez que ella. Sin mover la cabeza, miró de reojo: aquello se desplazó unos centímetros y enseguida se detuvo. Con el corazón golpeándole la garganta, avanzó unos pasos más.
De nuevo el susurro, detrás de ella.
Se detuvo. Aguardó.
Silencio.
La luna rasgó repentinamente las nubes. Se volvió rápida, buscó entre las sombras.
Nada.
El miedo le jugaba malas pasadas. ¿Por qué había decidido atajar por el bosque, a medianoche? No volveré a hacerlo, juró.
Más acompañada por la luna, siguió adelante. No quería oírlo, pero ahí estaba. No era su imaginación: algo se deslizaba, viscoso, agazapado. Seguía sus pasos, le acechaba...
Con un grito, echó a correr. Las ramas golpeaban sus piernas. Algo se enredó en su tobillo. Trastabilló, tambaleándose, y el zapato quedó atrás. No importa, no importa. Aquello se deslizaba tras ella, cada vez más deprisa. No tardaría en alcanzarla.
Roncos sollozos salían de su garganta. Corre, corre. Algo la agarró por detrás, tirándole del largo abrigo de fiesta. Enloquecida, se despojó de él. Ahora, el tobillo. Sintió como le rodeaba, le apretaba, frío, húmedo, implacable.
Cayó al suelo.
La luna se ocultó. Oscuridad. Aquello se acercaba, lo presentía. Un roce maligno, tras el silbido del viento entre las hojas. Algo (¿un aliento?) acarició su pecho.
                                                    … … … …
Al amanecer hallaron el cadáver. Tenía los ojos desorbitados, y una horrible mueca desfiguraba su rostro.
Enganchado a su cinturón, el largo foulard de fiesta plateado parecía susurrar, agitado por el viento...
                                                                                                                          Jana, la de la niebla

lunes, 1 de julio de 2013


Tengo esta foto guardada desde enero. ¡No puedo presumir de "lo pienso y lo hago", no! Ya sabéis que últimamente -bueno, hace mucho ya- voy a trancas y barrancas, igual estoy exultante que me hundo en mi pozo, igual tengo tantas cosas que hacer que no doy abasto que me quedo mirando a la nada con la más infinita desgana. La verdad, ya sí me estoy planteando muy seriamente ir al médico y empezar a tomar algo para la depresión. Parecía que todos los años la superaba al llegar la primavera, pero este año me siento como si estuviera constantemente esperando algo que no llega, y no llega, y se me pasan los días esperando no sé qué y sin disfrutar lo que tengo. Y temiendo al calor tremendo del verano cordobés. Y temiendo al invierno, después, que me trae la depresión cotidiana. En fin... ¡que estoy hecha un desastre!
   Pero esta entrada la tenía prometida (a mí misma) desde que empezaron a florecer los primeros lirios. Estos fueron los primeros: tres lirios en la bajada del río, solitarios, ni uno más por ningún lado hasta dos semanas después. Eran como una sonrisa, como una promesa de primavera, calidez y dulzura. Me encantó verlos y me apenó un poquito cortarlos, pero sentía que estaban puestos ahí para mí, para alegrarme un poquito.

Estas otra foto es para Ester; se lo prometí también hace muchísimo, cuando empezaron las amapolas y ella comentó lo que le gustaban.

  Y, aunque parezca increíble, me duró el ramo unos cuantos días, y después fueron cayendo uno a uno los pétalos rojos de las amapolas y los fuimos dejando sobre el platito que había bajo la jarra (porque la jarra perdía), estaban tan bonitos... M.P. puede ser irritante a veces (con los yogures sobre todo, sí) pero está pendiente de traerme flores, frutos silvestres y todo lo que se imagina que me puede gustar.

 Este año, la primavera ha sido increíblemente florida, como nunca. Aquí en mi pueblo, y en Córdoba, según me dijo Anais, también, ha habido invasión de esas campanitas moradas que suelen crecer de poco en poco todos los años por el campo. Estaba el camino por el que solemos ir a pasear cada tarde tan petado que no se podía pasar, tuvimos que cambiar de itinerario, las campanitas te agarraban, te enganchaban, los cardos -gigantescos- se te pegaban a las perneras de los pantalones, y como se te ocurriera llevar piratas, ya podías reírte de ti mismo.

   Esto no es nada, de verdad, para cómo se veía:


   Lo que se ve al fondo, las barandillas blancas, es una parte del embarcadero, que el río lo destrozó en la crecida. Yo lo vi romperse en directo, fue grandioso y triste, el agua lo torció como a un sacacorchos y lo hizo tres pedazos. Unas semanas después los sacaron del agua y lo dejaron ahí -es el paseo del río-, ahora ya lo han llevado a otro sitio, esperemos que puedan arreglarlo aunque una parte se la llevó el agua no sé adónde y la otra está muy, muy deteriorada. 

  Las margaritas, en febrero, cubrieron todo el camino de la Fuente Agria:

   Lindas, ¿verdad? Es una flor tan humilde, tan común, pero tan bonita y dulce que se hace querer más. Aunque os confieso que, desde pequeña, los lirios del campo fueron mis favoritos.
 Cuando vivíamos en Niebla, los lirios solían empezar a florecer a finales de enero, y mi padre, que trabajaba al aire libre, en las canteras, siempre traía "los primeros lirios de la primavera" para mi madre. Era algo que marcó mi infancia, yo amaba esas flores, su color, su perfume, y lo que simbolizaban: el amor imperecedero de mis padres.
 Después, tenía yo catorce años recién cumplidos cuando nos vinimos a vivir a Córdoba, y dejé de ver los lirios. Ya en Villafranca, empecé a buscarlos cada año: mi madre me dijo que los había por el Cerrillo, y yo fui a buscarlos y no los hallé. Ni en la Fuente Agria. Ni en el río. Años y años añorando los fragantes lirios silvestres. Una vez, yendo al mercadillo de Albendín -allá por donde Cristo perdió el boli- vi a lo lejos una mancha lila y supe que allí estaban. Le rogué a mi ex que parase, que me acercase -había un camino- pero me dijo que otro día, que llevábamos prisa. No volvimos por allí.
 Tantas ganas tenia de volver a ver los lirios que organicé un viajito de dos días a Niebla, en febrero, solo para buscarlos. Eso ya cuando estaba con M.P. Y dos días antes de irnos, fuimos a dar un paseo con la moto, camino de El Carpio -el pueblo vecino- y, de pronto, a un lado de la carretera, ¡los vi! ¡Montones y montones de lirios! Fue una orgía de reencuentro, lloré y reí, fui tan feliz... Y ¿sabéis lo mejor? Desde aquel año -fue en 2009. todos los años veo lirios, muchos lirios, y sí que crecen aquí, en el Cerrillo, en la Fuente Agria, en el camino del río... Solo que yo los buscaba siempre demasiado tarde. Y son tempraneros, poco después de Navidad empiezan a salir, pequeños, humildes, tímidos, bellos y dulces, ahí están. M.P. me los trae siempre en cuanto los ve; también vamos juntos a verlos y a recrearnos. Los adoro. Tienen el tallo muy corto, quizá no luzcan como una rosa, ni siquiera como un ramillete de amapolas, pero, para mí, son un símbolo inolvidable. 

 También quiero poner aquí las fotos de una higuera que nos impresionó por lo tremendamente cargada de higos -todavía verdes- que está. Y es que se siente protegida, creo yo, porque ha nacido en medio de un enorme rosal silvestre. Es casi imposible llegar a los frutos, y por eso crecen tan lujuriosos, tan frondosos, sabiendo que si alguien estira la mano para cogerlos, su protector el rosal les pinchará sin dudarlo.

 A la vez que las fotos, voy a poner también un poema que leí hace muchos años. De hecho -otra batallita, por Dios- fue mi tía Herminia quien me lo enseñó, copiado por ella en un papel, lo había leído en la Biblioteca y lo había copiado para mí porque supo que me iba a encantar. En efecto, era -es- hermoso, tierno y lleno de dulzura. Es de Juana de Ibarbourou, lo que he leído de ella me gusta mucho.


Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.



En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste,
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...
                                                                                                                  




Por eso,

cada vez que yo paso a su lado,

digo, procurando

hacer dulce y alegre mi acento:

"Es la higuera el más bello

de los árboles todos del huerto".  
  
                                                    
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!


Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
                        "¡Hoy a mí me dijeron hermosa!"                                               
                                                                                                                Juana Ibarbourou       

  ¿Verdad que es un poema que llega al corazón?                             

                                                                                                                                             

viernes, 7 de junio de 2013


  Hace un puñado de años que lo escribí y creía haberlo perdido entre los miles de cuadernos y hojas sueltas que tengo por ahí. Lo encontré hará una semana, cambiando de sitio todos los libros de una estantería,  y al ratito encontré otro también perdido. Lo gracioso es que son el primero y el último de los que escribí en aquella etapa de "desde abajo, mirando a las estrellas", cuando me sentía más perdida que el barco del arroz y fui a enamorarme como una tonta de alguien que no merecía tanto amor.
Bueno, pues estoy encantada de haberlo encontrado, recuerdo muy bien el día en que lo escribí. Era por la tarde, tenía el corazón tan dolorido que casi me cortaba la respiración, sentía que, por favor, que tenía que pasar "algo", lo que fuera, que me era imposible continuar así, sufriendo así, sintiéndome así, y sin avanzar... creo que más de una sabe a lo que me refiero. Más de uno también, supongo.
  Y ahí va: el último poema de una locura de amor. No he cambiado ni una letra, es tal como lo sentía en aquella tarde de julio de hace ya siete años. Tan lejos...


ME ACOSTUMBRÉ…

Me he acostumbrado a ti, y a tu sonrisa.
A tu voz, que en mi mente va grabada.
A tu aliento que ya no me acaricia.
A tus ojos azules de alborada.

Me he acostumbrado a ti sin darme cuenta.
Poco a poco has llenado tantos huecos
que ahora que tengo que alejarme, siento
que una parte de mí muere y me mata.

Ahora que eran tus manos casi mías,
que había tanta ternura en tu mirada…
Ahora que casi sin mirar, sabía
qué sentías, qué querías, qué buscabas.

Me he acostumbrado a ti; aun sin tenerte,
en mis noches poblabas mis ensueños
y al despertar sentía tu presencia
como si fueras parte de mi cuerpo.

Siendo tuya debo irme, y si me alejo
vienes tú por senderos retorcidos
para encontrarnos otra vez de frente,
en caprichoso juego del destino.

Dime en susurros lo que nunca dices,
dime que es mío tu corazón esquivo,
dime que sabes lo que por ti siento,
dime que tú también sientes lo mismo.

Dime lo mucho que me necesitas
en tu vida, mis manos en las tuyas.
Bésame con los ojos, con los labios,
dame tu amor, amor, bajo la luna.

No dejas que me vaya, y yo me voy
sabiendo que no puedo ya escaparme.
Y tú regresas, una vez, y otra,
y hay algo que nos dice: nunca es tarde…

                            Jana, la de la niebla…

viernes, 17 de mayo de 2013

Como sé que me tiro siglos sin hacer entradas, pues voy a hacer 3 en 1. No me alargaré, de verdad, porque una cosa es lo que se tiene pensado y otra, muy distinta (por suerte a veces), lo que se hace.
 (Seguro que al final me alargo!!!!!!)
Primero: desde marzo, tengo un premio por aquí que me concedió Ester. Premio CANI. Me habrá visto en mis buenos momentos de marcha, probablemente. Me lo dio por aquella entrada "¡Rebajas, Rebajas!", cuando nos fuimos mi peque y yo de rebajitas de enero.

 Y ¿qué hay que hacer? Pues:

1. poner la foto del premio.
  Voilà!
2. enlazar el blog original del premio.
Ya está hecho, pero lo haré otra vez: Autodidacta
3. contestar preguntas

¿Ola k ase? ¿Eres choni o ke ase?
Pues, ahí vamos... 
¿Cuál es tu libro de cabecera?
El que esté leyendo.
Una choni, ¿nace o se hace? ¿Requiere mucho esfuerzo?
Depende. Si nace, no requiere esfuerzo, pero si tiene que hacerse, yo diría que no es tan fácil.
¡Iya (de "chiquilla", "illa")! ¿Tiene un euro?
¿Y tú?
En la vida real, ¿cuál es tu parte más choni?
Pues tengo bastantes. Me encantan Los Chichos, el flamenquito en general, me pinto la raya de los ojos, cuando tengo calor me recojo una coleta alta... 
¿Qué le preguntarías a una choni de verdad?
¿De verdad eres choni "de verdad", no es una pose?
¿Cuál es tu canción choni preferida?
Hay por ahí algunas de raeggetton, ¡sí, raeggetton!, que no me gusta porque la mayoría de las letras son tremendamente machistas y ordinarias, pero hay, sobre todo, dos, que las bailé "par coeur" en mi época loca, cuando me separé y tal: la de "baila, morena" y la de "chicas, que les gusta provocar ellas son locas"...
todo es ponerse en el momento, todo es... según el color del cristal con que se mira. Disfruté mucho bailando aquellas canciones, llegué a usar zancos con pantalones de campana, y cuando lo recuerdo no me avergüenzo para nada, al contrario, me digo: ¡joder, lo que nos divertíamos en aquellos días! 
Cuenta la anécdota más choni que hayas visto o vivido:
Aquí no puedo contestar porque no me acuerdo. ¿Anécdota choni? ¿Qué es eso, exactamente? 


4. entregar el premio a otros blog (entre 3 y 10) por alguna entrada relacionada con el asunto
Eso, voy a dejarlo a vuestra elección. Si consideráis que alguna de vuestras entradas ha sido lo suficientemente choni para aceptar el premio, ¡vuestro es! 
 Aquí pensaba partir una lanza hablando de los canis y las chonis, defendiéndolos, etc. No me voy a parar a hacerlo, pero un breve (¿?) apunte sí tengo que hacer: no creáis todo lo que dice la Frikipedia, por favor.
Conozco a un montón de canis y chonis, o que lo parecen, o que la Friki diría que lo son, y no cumplen las condiciones, y son gente como NOSOTROS, y se puede hablar con ellos igual, no hay que hacer esfuerzos raros ni aprender otro idioma. Se es cani, choni, hippie, pijo, friki... igual que antes éramos "los listos", "los de FP",
          
 "los rockeros", "los niños bien", etcétera. No encasillemos más, por favor, no cambiemos racismo por clasismo, que luego acabaremos escribiendo TQD en los que expresaremos gran sorpresa porque un cani fuera el único que ayudó a nuestra abuelita cuando se cayó en la calle, y cosas así.
 ¡Eso sí, acabo de pensar lo que podría ser una anécdota choni!: el concierto de Los Chichos. Fue cuando estaba peor, este invierno -casi primavera-, con mis depres y mis angustias existenciales. No pensaba que, realmente, fuéramos a ir, porque siempre hacemos planes y a la hora de la verdad pasamos de cumplirlos, tanto M.P. como yo, pero aquel día resultó que sí, que fuimos al concierto. Yo esperaba avalancha de canis y chonis, la verdad, o de gente
así de cuarenta y tantos, como nosotros. Pues ni una cosa ni otra; bueno, al principio es que solo había ocho o diez personas, jóvenes normales, un par de chicas con el moño requetebién hecho. Luego llegaron algunos gitanos jóvenes, con trajes de chaqueta, cosa que me sorprendió porque ya no suelen vestir así, pero aquellos yo creo que lo hicieron como en homenaje a Los Chichos.
 El concierto estaba anunciado para las 10.30, y a las 11.30 no había empezado. Yo estaba ya negra como un tizón, odio esperar y solo pensaba que para qué me habría metido en tonterías de ese tipo, con lo a gusto que estaría yo en mi camita y tal y cual.
 Pues empezó. A las doce. Y os juro que fue empezar la música, solo empezarla, y todo el mundo -que ya se había petado el local- se puso a cantar, antes que Los Chichos. Y yo, la primera, por supuesto. Y se me llenaron los ojos de
lágrimas, era la vuelta a mi adolescencia, a la rebeldía de la niña buena que no quiere parecer siempre una tonta, la vuelta a tantas cosas... ¡¡¡Dios!!! Pensé: "esto, y después morir". No exagero, de veras, fue una velada de esas que te marcan, que te hacen creer en la Vida con mayúsculas. Y ver cómo todo el mundo cantaba, todos se sabían canción por canción, letra por letra, y nos desgañitábamos... Ah, daría lo que fuera por volver a vivirlo.


                                                                                      tal vez en esta foto pueda parecer "momento choni", pero es Momento Carnaval, cuando nos disfrazamos de hippies, el año pasado, cuando todavía fumaba, como podéis ver por los cigarrillos en la mano de Anais y mía. La otra niña es Sandra, la mejor amiga de mi peque desde que tenían 3 años.
¡Pedazo de carnavales fueron aquellos! Y la foto la he puesto para ilustrar lo que iba diciendo de "tribus urbanas" de las que hablábamos (hablaba yo).





Bien, pues hasta aquí la 1ª entrada. Vamos a por la 2ª. Que es, también... ¡otro premio! ¡Y también de Ester!

Éste es distinto: este premio lo ha creado ella para conmemorar el primer cumpleaños de su blog, que nació el 1 de mayo de 2012.
 ¡Gracias, guapísima, y que tu blog cumpla otro montón de años diciendo tanto como dices cada día!
Y lo que hay que hacer al recibirlo es:
Recogerlo, o no. 
Dárselo a por lo menos otro blog
Y responder a tres preguntas, las preguntas cada uno se las hace y luego las responde.

O sea, que me tengo que inventar tres preguntas y luego responderlas. Para eso no me llega esta tarde la imaginación, de verdad, así que os paso el testigo, si os apetece hacerme alguna pregunta, adelante, intentaré contestarla.
 Y luego, hay que dárselo a otro blog. Yo se lo paso al blog de mi vampirita Dawa, de El Silencio De La Luna. Hace ya mucho que no nos pasamos premios, se ve que estamos haciéndonos mayores y más formales, pero si alguien se merece un premio al trabajo sin esperar recompesa, al darse del todo simplemente para hacernos sonreír, como apuntaba Ester al darlo, ésa es mi Dawa, a la que conocí precisamente por medio de otro blog (el de Condesa Barthory, desaparecido hace tiempo por desgracia) en el que hablaban de ella como de una niña realmente gentil, cariñosa, generosa y adorable. Me sentí interesada por estos calificativos, entré en su blog, le dejé un comentario y poco a poco (pero muy deprisa) se fue convirtiendo en una persona tremendamente importante en mi vida, en alguien que siempre está ahí en cada momento. Ésa es la maravilla de este mundo virtual, que puedes conocer a alguien que sea tu alma gemela, tu espíritu afín, de la raza de José, tu amarilla para siempre... alguien  a quien no hubieras conocido de otra manera, o quizá, ¿quién sabe?, quizá sí.
 Y no puedo decir más en esta entrada porque podría empezar a hablar y no acabaría, y lo que diría sería siempre lo mismo: que adoro a Dawa y que todos los que la conocen la quieren porque no se puede hacer otra cosa. Y lo que a ella le he dicho varias veces: si mi padre la hubiera conocido, la habría querido mucho, le habría encantado leer sus escritos y seguro, segurísimo, habría escrito más de un poema dedicado exclusivamente a ella, porque su dulzura y su manera de buscar la belleza en lo más pequeño le habría inspirado mucho.
(¡Y ahora me dirás que te pones roja, roja, roja, ya lo sé, pero alguna vez tenía que decirlo, ¿no?!


Y ahora, pues ¡vamos con la 3ª entrada en una, hala, que para eso estamos en mayo!

Y esta entrada no tiene nada que ver con premios, sino con ahorrar, que la cosa viene apretá. Y con divertirse, porque yo me lo pasé muy bien haciéndolo: os presento a MIS BOTAS VAQUERAS.



 Ya sé que, así vistas, de vaqueras no tienen nada. Son mis viejas botas súper cómodas, las que uso para andar largo y tendido, para bailar en Nochevieja, para todo lo que sea disfrutar de tus pies sin pensar ni que existen. 



¡Están las pobres tan gastadas ya! Y, sin embargo, la suela se mantiene impecable.
 Así que decidí renovarlas por completo.
Tenía unos vaqueros ya muy viejos, que me daba pena tirarlos porque tenían muchos bolsillos y además le había sacado unos flecos, hace años, que se quedaban muy chulos y me gustaban mucho. A veces soy muy pegajosa con la ropa a la que le tomo cariño, y me cuesta horrores tirarla.
Pues, ya está: con papel de periódico para rellenarlas y que no quedaran arrugas, tijeras y cola blanca está hecho casi todo. Utilicé aguja e hilo para coser un detalle (las "tapitas" de los bolsillos) detrás, porque se quedaba muy lisa y me parecía un poco sosa.
Primero, pegué la tela lisa a la parte de delante y le recorté lo que sobraba, y después corté la parte de abajo de las perneras, con los flecos, y sencillamente las "forré" con ellas. En los bordes le puse alfileres de tender para que fueran presionando la tela a las botas y pegaran bien.



 Delante, como creo que se puede apreciar, llevan cada una un bolsillo completo con su solapa y su trabilla, súper útil para cuando no quiero llevar bolso, que ahora que no fumo, no lo suelo llevar siempre. 
 Sobre la mesa se puede apreciar, también, a la buena amiga de la zapatera, la lata de birrita, que era mediodía y pegaba cantidad.


 La bota, de perfil, ¿verdad que los flecos quedan muy graciosos? Es más alta por delante que por detrás, así parece más vaquera, como las de los pistoleros que salían del Saloon para batirse en duelo.
 Detallito de atrás para que no se viera tan recta. Lo cosí a ambos lados porque seguro que, si lo pego nada más, se me va a acabar despegando en el momento más inoportuno. No cosí los filos porque me parecía una pijada pero les pasé un poco de laca de uñas transparente para que no se deshilachen más.
¿Verdad que solo falta Woody diciendo: hay una serpiente en mi bota...?
Et voilà! A mí me gustan mucho, ¿a vosotros no? y puestas se quedan muy guapas, y, sobre todo, que ya las tengo domadas y sé lo comodísimas que son. ¡Ahora me da pena tener que esperar al otoño para estrenarlas!
 Bueno, pues después de tres entradas en una, estoy agotadita y solo me queda añadir una foto más (ya que estamos) de mi Puchi, y contaros que la señorita está embarazada ya, de un gatito negro muy atractivo que la estuvo rondando este invierno. Ya tiene una cestita preparada para cuando le llegue el momento, y se pasa los ratos largos acurrucada en su cesta y lamiéndose solemnemente las patitas.
Mi Puchi, ahora mismo (a las 20:12 del día de la Copa del Reyyyyyyyy...)
¿A que es un bombón?

lunes, 29 de abril de 2013


   Esta entrada tenía que haberla hecho el día del libro, el 23, pero ya sabéis que ando últimamente arrastrando pereza para el blog, de modo que más vale tarde que nunca.
  Sabéis también que llevo una temporada -como cada invierno- en la que no leo apenas, cosa increíble en mí, y, mucho menos, escribo. Desde aquella época apasionada, cuando acabé el trabajo en la guardería y me puse a escribir relatos -escribí tres, pero eso parece mucho cuando te está urgiendo y atacando día y noche hasta que los escribes y luego les corriges cien cosas-. Después me puse con la novela de Alba, otra vez con toda la inspiración que no podía hacer otra cosa, así estuve septiembre y parte de octubre. Comprensible, por tanto, que cuando dejo de escribir, no quiera ni pensar en ello, porque me queda el recuerdo de una gran felicidad, sí, lo admito, pero también la angustia creativa que no te deja ni mantener una conversación normal, ni concentrarte en la más sencilla de las películas, ni siquiera salir a dar un paseo sin tener que detenerte varias veces para apuntar algo "que me acaba de venir a la mente", que luego tengo el móvil lleno de notas raras que a veces ni yo misma comprendo.
 Así que, entre la mano fastidiada (se curó con una filtración, hace ya un mes), la depre de mi pareja, mi propia depre, la casa llena de goteras de tal modo que hemos tenido que cambiarnos de dormitorio porque en nuestro cuarto corría el agua... pues eso, que no he dado un palo al agua.
 Hasta hace unos días.
 Primero fue un relato que me iba punzando, que tenía medio ideado desde el verano pasado, pero ahí estaba, en la nebulosa.
 Después, mi prima, que me dijo que mis relatos siempre eran tristes y deprimentes. Eso me quitó las ganas de escribir el relato pensado, hasta que el subconsciente le fue dando giros y convirtiéndolo en algo más dulce, más esperanzador.
 Y una vez escrito, se lo mandé a Anais -como siempre- y a mi vampirita Dawa, y ahí lo tengo, archivado. Quiero mandarlo a un concurso, a ver si tuviera suerte, pero no es hasta agosto. Es un concurso de un pueblo, nada muy importante, pero a mí me haría mucha ilusión porque para ese concurso escribí mi primer relato -"La Hora Cero", que no ganó ni fue finalista ni nada, evidentemente- y eso me abrió las puertas a muchos buenos ratos que no son agobiantes como cuando escribo novela, que me absorben unas horas, un par de días a lo más, y luego ya me regalan el gusto de releer, buscar sinónimos, corregir la puntuación, cosillas que me entretienen sin agobiarme.
 Así que, ya despierta de nuevo la vena creativa, estuve holgazaneando por Internet, mirando concursos en los que me gustaría participar pero que son "de lujo", así que no vale la pena ni intentarlo; leyendo convocatorias en las que piden un relato sobre un tema determinado, y eso despierta la imaginación y es como un reto. Así que, por fin, me puse: escribí un relato, busqué tema para otro, lo apunté, me pareció muy difícil, lo olvidé, escribí otro sobre el mismo tema que el primero...¡ puedo ser muy pesada, lo reconozco!, luego me río de ello pero soy capaz de batir el hierro cinco o seis veces con un mismo tema, y es mi pobre Anais la que lo paga, porque todo se lo mando a ella, a ver cuál le gusta más.
 De modo que tengo escritos en este mes tres relatos de unas cuatro páginas, intentando no ser tan deprimente para que mi prima no se agobie, que está también pasando una racha muy mala y me gustaría contribuir un poco a animarla. Ahora estoy escribiendo uno a mi gusto totalmente, más largo, con un misterio  entremedias, con un final inesperado... y hasta lo estoy dosificando para no acabarlo en un día, llevo ya dos y espero retenerme y no acabarlo hasta mañana.
 Y, para lo que va la entrada: en escritores.org vi convocado un concurso de relato muy breve: máximo 500 palabras, o sea, una página. No es un microrrelato -nunca los he escrito, tendré que ponerme cualquier día- pero es algo cortito, como un juego, algo con lo que disfrutar y punto. Era por e-mail, otro punto a mi favor -y al suyo- porque no tienes que preocuparte de imprimirlo, que yo eso lo tengo peor porque tengo que ir a Córdoba a una copistería, ya que aquí me cobran un pastón por folio -cinco veces más que en Córdoba- y eso de tener que ir a la ciudad ya requiere mucho tiempo, organización, en fin, que no lo hago más que de higos a brevas.
Así que escribí... no uno, sino dos relatos -ya os digo que soy pesada-. El concurso lo convocaba la webb www.mujeresmoteras.com , y el relato tenía que versar sobre las motos. ¿premio?: una camiseta y una mochila de Mujeres Moteras. Los escribí, los mandé, y voilà!:
 Arriba está la mochila, que es ligera como una pluma, ya la he llevado adondequiera que he ido desde que la recibí el viernes. Y abajo está la camiseta, que la he fotografiado por detrás y con la manga doblada para que se vea bien el dibujo y las letras "pasión por las motos".
 Si queréis verla por delante, y puesta, y con moto incluida, picad aquí:
Mujeres moteras. I concurso de relato breve.
y  ahí mismo podréis también, si os apetece, leer el relato, "In Memoriam", y todos los demás relatos que participaron en el certamen. El siguiente, "Tres Chicas Gilmore", es también mío. De camino, echáis un buen vistazo a la webb Mujeres Moteras y conocéis a Berta Doria, la promotora. Es simpatiquísima, hablé con ella cuando me llamó el día de San Jordi, a mediodía, para decirme que había ganado, y me hubiera quedado dos horas charlando con ella.
 Sigo con un par de entradas pendientes, pero será para la próxima vez. Antes de despedirme, quiero avisaros a todos de que el 1 de mayo, en Córdoba, será la Batalla De Las Flores, que es algo digno de ver y en el que te diviertes muchísimo participando, recogiendo los claveles que te tiran desde las carrozas y tirándoselos de nuevo, en la más fragante y colorida batalla que podáis imaginar.
 Y después, el concierto de Primavera de Radiolé, como todos los años. Entre otros, tocan Medina Azahara, La Húngara, Los Calis...
 (Que sí, que sí, Ester, que ya mismo estoy haciendo la entrada con el premio Cani, que yo creo que a lo tonto, a lo tonto, me lo estoy ganando a pulso).
 Total, que si tenéis posibilidades de venir, Córdoba en mayo es lo mejor de lo mejor, y tiene un olor especial e inolvidable que os marcará para siempre.
  Así, ¿cómo no salir de la depresión del invierno?

jueves, 11 de abril de 2013

el maltrato sutil

Tengo pendiente una entrada con un "premio" que me dio Ester hace ya algunas semanas. Lo de premio lo pondría entre interrogantes, pero, bueno, ya lo explicaré cuando llegue, que llegará ya mismito porque he vivido una experiencia que le viene como anillo al dedo.
 Pero hoy he encontrado casualmente este vídeo en You Tube y lo tengo que poner, y os ruego, ¡de rodillas, si es preciso!, que lo veáis. Son dos minutos, ni uno más, y os garantizo que
                                                          MERECE LA PENA
Me encantaría saber decir, en tan pocas y tan sencillas palabras, tanto y tan cierto, y tan importante.
Por favor, vedlo y escuchadlo con la atención que merece, y, si os queda tiempo, decidme qué os ha parecido.

EL MALTRATO SUTIL
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=0y9zJ5J2bWA
Espero que os sirva el enlace si no podéis verlo directamente.

jueves, 4 de abril de 2013

 Hoy, 4 de abril estoy de batallitas. Últimamente estoy bastante a menudo así: serán, sin duda, los años, que no perdonan. Entre lo de la mano -me hicieron una filtración y ha mejorado un poco pero de vez en cuando me da unos tirones que pa qué- y el estar de nuevo sin trabajo; la lluvia constante, las goteras de las que mejor no hablar, la luz que se corta cada vez que llueve un par de días...
 Vaya, en un párrafo me he explayado.
 Hoy estoy nostálgica porque es 4 de abril, hoy era el cumpleaños de mi padre.  
Cuando vivía con ellos, éramos solo los tres, pero hacíamos ruido. No sé por qué, celebrábamos el cumpleaños de Vega y el santo de mi madre. Yo celebraba mi santo y mi cumpleaños, para eso era la más chica.
 Mi madre y yo (o mi padre y yo, según fuera el caso) pasábamos días eligiendo los regalos, escribiéndole una poesía, planeando un menú que le gustara mucho... No se trataba de buscar un plato lujoso, sino, por el contrario, algo que le gustara mucho y que no lo comiera a menudo. Un año le hicimos -bueno, mi madre lo hizo y yo estuve con ella en la cocina dándole charla- potaje de garbanzos con bacalao.
A mí eso, en aquellos tiempos... ¡puaj!, pero era su cumpleaños y lo comí con él haciendo de tripas corazón.
  Justo el día anterior, el 3, era el cumpleaños de Pili, mi vecina en Niebla y amiga del alma. Ayer le mandé un mensaje para felicitarla y me contestó que sus niñas -tiene mellizas- le habían hecho una tarta para celebrar el día.
 Un recuerdo lleva al otro, entre la lluvia constante, el cielo gris, la tristeza... de pronto te encuentras sonriendo al vacío y viviendo en otro mundo, muy lejano.
 Y de lo que me estuve acordando y ahora va aquí en el mejor plan batallita, es de una anécdota que nos ocurrió a mi otra amiga del alma y compañera de pupitre durante años, Margari, y a mí. Estábamos en 5º y en aquella época, los maestros daban "clases particulares" a los niños que las quisieran, a cambio de un pequeño estipendio mensual. Estas clases, en mi colegio, se daban de 12.30 a 13.30, y cuando acababan
empezaba el comedor.
  Ni Margari ni yo nos quedábamos a clases particulares, pero sí al comedor, así que esa hora la aprovechábamos para hacer los deberes y estudiar la lección de Naturales, que cada día teníamos que aprender un par de páginas de memoria. Nos sentábamos en un rinconcito del patio del recreo y allí, concienzudamente, hincábamos los codos.
 Pues un día se nos ocurrió que sería guay estudiar comiendo algún caramelo. Margari tenía un duro, así que fuimos al puesto de Dolores y compramos caramelos de la vaquita. Estaban buenísimos.
 Al día siguiente, el duro lo tenía yo, y lo compartimos, naturalmente, pero esta vez compramos menos caramelos y añadimos un paquete de pipas: 1 peseta.

Pero luego ya no quedaban duros. Al tercer día fuimos al puesto de Dolores y compramos entre las dos 3 pesetas de caramelos de la vaquita y 2 paquetes de pipas. 2'5 pesetas cada una.
  Fiadas.
  Dolores no tuvo inconveniente en fiarnos, porque era la costumbre de mucha gente y porque conocía de sobras a nuestros padres. 
  Cada semana, teníamos un duro Margari y otro yo. Los otros tres días... pues era muy fácil y cómodo decir "me lo apuntas". Además, era "hoy me lo apuntas a mí", riguroso turno. 
  Ya a veces nos picaba un poquillo el remordimiento. Cuando nos decía: "¿No vais a pagar algo ya?", nos mirábamos y decidíamos que cuando nos dieran la paga de la semana, la guardaríamos entera para ir bajando la deuda. 
 Pero llegaba el domingo, íbamos a misa -las niñas de los 70 - y después al kiosco de la Plaza de la Feria, donde había tantísimas cosas... Yo recuerdo estar súper enviciada con las estampitas de Heidi, es que no podía resistirme, y luego, para colmo, salieron como enorme novedad los gusanitos... ¡qué buenísimos!
 Así que llegaba el lunes y... bueno... "apúntamelo a mí, Dolores", y Dolores nos miraba de reojo y apuntaba.
 Hasta que llegó un día en que se nos exigió el pago de la deuda. Íbamos por 35 pesetas cada una, no lo olvidaré mientras viva. Era un pastón.
 ¿Qué hacer? Pues... llorar, retorcernos las manos, y no teníamos para pagar. Dios mío, se lo van a decir a nuestros padres. Qué mal. Qué vergüenza. Mis padres, que siempre me decían lo malas que eran las deudas, que vivían como fuera con tal de no firmar letras, que hasta el piso lo pagaron en tres golpes para no tener que hipotecarlo, mi padre le tenía fobia a eso. Y ahora me presentaba yo... con un pedazo de deuda... ¡y de caramelos y pipas, caprichitos innecesarios! 
 Y los padres de Margari no eran menos, que la madre era una mujer muy dulce, muy tranquila, pero el padre era un rabillo de lagartija, todo nervio, y cuando se ponía serio, acojonaba.
 Bueno, esta batallita tiene hasta su moraleja: respecto a Margari no sé, pero yo, a lo largo de mi vida, he dejado muy, muy poco a deber nunca, y eso que fui durante veinte años vendedora ambulante, que tienes que comprar mucho y con poco dinero. Me quemaba cada vez que tenía que comprar a crédito algo de mercancía. 
 Y respecto a mi vida privada, ahí sí que no he dejado nunca a deber ni una patata, vamos, por el recuerdo, no tanto de la bronca, sino de la vergüenza y el temor que sufrí hasta que saqué valor para confesar. Y más que el castigo -que lo hubo- y la larguísima bronca salpicada de batallitas -especialidad de mi padre-, era la decepción que les provocaba, el haber hecho algo que ellos no hubieran esperado nunca de mí, precisamente por lo muy a rajatabla que llevaban ambos lo de no comprar fiado. Que a mí me parecía un poco exagerado, pero hoy, tal como han ido yendo las cosas, casi diría que ha sido de los mejores legados que podían dejarme, el no sentir tentaciones de vivir por encima de mis posibilidades. 
 Pues he contado una batallita en toda regla, como se nota que los años pasan, ¿verdad? Y lo más grave es que... puede que cuente más.

jueves, 21 de marzo de 2013


                  
               PROMESAS DE LA PRIMAVERA                

La primavera me promete un beso;
la primavera rosas me promete.
La primavera, al desnudar mi lecho
me promete el amor. Me trae la muerte.

La primavera nunca se equivoca:
surge y resurge de la tierra helada.
La primavera liba de tu boca
y me envenenará su miel amarga.

La primavera, que radiante triunfa,
coronará de flores tu cabeza.
La primavera vestirá mi tumba.
La primavera siempre hace promesas…
                              
                               Jana 

miércoles, 6 de febrero de 2013

 Resulta que no puedo escribir gran cosa porque tengo desde el día de Reyes una tendinitis en el pulgar de la mano izquierda que parecía que se quitaría en una semana pero ya lleva un mes y empeorando... No debí ser muy buena en 2012, y en vez de carbón, pues... me tocó la china.
 Creo que la mayoría ya lo sabréis porque lo he ido poniendo en varios de los comentarios, pero como ya llevo casi el mes sin hacer ni una entradita, he pensado insertar un relato medio corto, el primer relato corto que escribí en mi vida, hace tres años. Hay qué ver, me parecía imposible escribir -yo- un relato corto porque siempre necesitaba páginas y páginas para enrollarme, y cuando lo concluí me sentí súper orgullosa de mí y creí que sería el primero y el último. Qué poco me conocía a mí misma, con lo pesadita y obsesa que soy para todo, cómo iba a ser el único, hija mía.
 Bueno, pues ahí va. Por lo menos así os demuestro que sigo vivita y coleando, aunque a veces no lo parezca.
 Y solo este párrafo, ya me duele la manita, vaya asco.


                                                      LA HORA CERO



No sé por qué esta mañana me vestí de blanco.
El blanco es símbolo de pureza. El color de las novias; el color de las vírgenes. El color de las víctimas que se ofrecían a los dioses…
Exactamente. La víctima –yo- está dispuesta para el sacrificio.
Camino por la calle mirando concienzudamente cada escaparate, tarareando una cancioncilla, intentando prestar atención a cada minucia.
Pero no es fácil engañarse a uno mismo; soy consciente de estar asustada.
Tengo miedo.
No pude dormir esta noche; las pocas veces que el sueño me vencía y los ojos se me cerraban acababa despertándome, sobresaltada, la boca llena de saliva pastosa. Y siempre, siempre, veía ante mí la misma escena: esa puerta cerrada, maciza, ciega e indiferente ante mi terror.
Esa puerta hacia la que mis pasos me llevan inexorables. 

Mi vestido blanco revolotea en torno a mis piernas. Tendré miedo, pero me niego a andar despacio. No intentaré retrasar el momento.
(¿Y si echara a correr?)
Nadie puede decir de mí que sea cobarde. He agarrado la vida por los cuernos, retorciéndola a mi antojo; me he enfrentado con la cabeza alta a muchos avatares que habrían hundido a cualquier hombre. Soy mujer, soy valerosa, soy denodada.
Pero… ¡ay! la vida a veces no tiene suficiente, y abre su boca inmensa, ávida de todo lo que uno ansía retener.
Mis reflexiones resultan inconexas pero debo perdonarme estas divagaciones. Tengo derecho; hasta tengo derecho a un escalofrío de temor.

  Ya estoy en el portal. Miro alrededor con una buena imitación de curiosidad banal: suelos relucientes, amplitud, plantas que trepan amenazadoras; el helecho de siempre (¿cómo conseguirán que no amarillee ni la punta de una hoja? ¿Será que lo cambian cada semana?) El ascensor, frente a mí, se parece demasiado a una boca abierta.
No importa: ahora que estoy tan cerca, no tengo preferencias. Devorada, torturada… que decida el destino, es más cómodo.
Contemplo mi imagen en el espejo. Quizá la mirada me delate… los ojos desorbitados, las pupilas demasiado dilatadas, los labios lívidos.
El destino parece querer adelantar el fin de mi martirio: el ascensor se detiene, silencioso. Salgo.
Las piernas me pesan toneladas. Ahí está, igual que en las pesadillas de mi noche insomne, oscura, inconmovible, la puerta. Cerrada para mí. La puerta a la que tanto temo, y desde hace, ¡ay!, tanto tiempo.
Pero era lo acordado, y yo, la víctima, sé que el sacrificio debe culminarse: la puerta se abre.
(¿Y si echara a correr?)
- Adelante.
(¿Quieres pasar a mi habitación?, dijo la araña a la mosca).
Es más valiente quien se vence a sí mismo que quien conquista un castillo. Avanzo, un pie delante de otro… ¿un tanto rígida?: sí, mucho; la mueca que estira mis labios no consigue separar mis dientes, que parecen soldados.
Si al menos todo acabara de prisa… Esta agonía es más terrible que la tortura que espera sin remisión. Pero todo tiene su protocolo; no soy la única. Nunca lo he sido. Y, seguramente, ¡tampoco la más cobarde!
De nuevo, insidiosa, la pregunta: ¿y si echara a correr? Pero no voy a hacerlo. Lo sé… porque ya lo hice una vez. Huir no sirve de nada: me tienen atrapada. No tengo escapatoria, nadie que caiga aquí la tendrá. Puedo dar un salto, abrir esa puerta, correr por las escaleras hasta quedarme sin aliento… incluso disfrutar algunos días de libertad. Pero tarde o temprano la trampa volverá a cerrarse sobre mí. Y volveré. No puedo escapar a este destino. Nadie puede: lo sufres hoy o lo sufrirás mañana. El lento dolor sin esperanza o la tortura que te arrasa de una vez por todas.
Miro a mi alrededor, tímida y desafiante. Es extraño: todos –son tres- me parecen siniestros. ¿Acaso yo también se lo parezco a ellos? Les miro, me miran. No hay sonrisa en sus rostros. ¡Estamos en el mismo barco! ¿O no? ¿Acaso alguno de ellos tiene la certeza de que escapará indemne? ¿Cuál es? Quiero saberlo, para poder odiarle esta mañana.
Ahora quedan dos: un hombre y una mujer. Aparto la vista, cansada de hacerme preguntas.
De pronto, suena un móvil. Un rayito de esperanza que se apaga indefectiblemente aprisa: la mujer busca en su bolso, lo saca, lo mira, se levanta titubeante. ¿Va a marcharse? ¡No puede ser! Quiero gritarle: ¡no! Su deserción me daña.
Pero, no. Se sienta y me mira, serena y fijamente. Yo le devuelvo mirada por mirada. Gano: entorna los ojos y se recuesta, como si aquello no fuera con ella.
  
 Ahora entra en la habitación, con andares felinos, la carcelera. Trae un vaso de agua y una pastilla blanca, diminuta, en un platito. Me lo tiende, ordenando con engañosa suavidad:
- Tómesela, por favor.  
La boca se me seca. Imposible tragar saliva, y mucho menos una pastilla. Pero negarme sólo empeorará mi situación.
Bebo toda el agua y trago la (¿inocua?) pastillita. No es veneno; si acaso, me volverá más dócil. No comprenden que estoy al cabo de mis fuerzas, que esta vez ni siquiera intentaré resistirme.
En voz muy baja, susurra:
- Será la última vez.
¡Oh, cómo quisiera creer en sus palabras! ¿La última vez? No, no me dejaré engañar. Nunca, hasta la muerte, es la última vez. Me tienen pillada. Pasará tiempo, olvidaré momentáneamente este sufrimiento, pero nunca será la última vez.

No queda nadie más. Esta espera es tan angustiosa que necesito gritar, aullar, desgarrarme la garganta. Intento cerrar la mente al presente, me recito poesías… ¿Para qué? El esbirro vuelve, se acerca, me mira: 
- La hora.
No puedo moverme. Imposible dar un solo paso. Mas cuando veo que avanza hacia mí, hago un esfuerzo sobrehumano. Me levanto. Yo sola, voy recorriendo ese pasillo, tan corto, tan largo.
En el techo, luces blancas que me aterrorizan. Él está allí; sus ojos fríos como el mar me miran indiferentes.
No puedo más. Mis piernas se doblan como las de un pelele. Me desplomo en el sillón.
Mi boca se abre desmesuradamente, pero ni un sonido surge de mi atribulada garganta.
Es mi hora cero.


 Esta mañana me vestí de blanco.
Blanco como las novias; blanco como las vírgenes. Blanco como la primera página de un libro por escribir.
Mi falda revolotea acariciándome las piernas, y yo sonrío -lo intento- sin sentir la boca dolorida. 
Me detengo un momento, miro al cielo azul, y levanto un puño, alto, como una ofrenda.
- Juro ante Dios Todopoderoso que me lavaré los dientes cada día de mi vida –declamo, y me echo a reír, liberada, ¡feliz! 

         Además, ¿de qué tenía tanto miedo?: esta vez el dentista no me ha hecho ni el más mínimo daño.



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Ana Vega Burgos
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